¿Cómo han cambiado las etiquetas de vino a lo largo del tiempo?

El vino está presente en nuestra cultura “desde siempre”. Forma parte de los ritos de diversas religiones, se utilizó como hilo conductor de las famosas bacanales romanas y con el paso de los años no ha perdido vigencia y sigue siendo imprescindible en situaciones de todo tipo.

Por eso, como pasa con las cosas que vemos a menudo, no solemos plantearnos por qué está tan arraigado en nuestras tradiciones: ¿cuáles son sus orígenes? ¿Cómo ha evolucionado su comercialización y presentación?

Sí, seguro que sospechas que venderlo embotellado es un invento relativamente “moderno”, pero lo más probable es que ignores lo mucho que han cambiado las etiquetas de vino y sus envases a lo largo del tiempo.

¿Te gustaría hacer un repaso por su historia?

¡Comencemos!

Los orígenes del vino

Como sucede con todo lo que nos gusta en la vida, muchos pueblos se disputan el honor de haber inventado el vino.

En ese sentido, nosotros solo tenemos claro que sus inicios son confusos pero, mira tú por donde, están frecuentemente ligados a intervenciones divinas:

  • Los egipcios sostienen que Osiris elaboró el primer vino del mundo.
  • La mitología griega achaca su invención a Dionisio, el dios del vino; y los romanos hicieron lo propio con su homónimo, Baco.
  • En la Biblia se atribuye su descubrimiento a Noé, que al parecer celebró por todo lo alto salir del Arca al toparse con unas viñas.
Tampoco conocemos con certeza cuál es el inicio de las “etiquetas” pero:

  • Sabemos que los persas y los egipcios registraban datos sobre la vendimia, el año de cosecha o la región de cultivo.
  • Tenemos evidencias de que las ánforas romanas se tallaban para indicar la procedencia del vino, así como el nombre del cónsul mandatario de la región donde se elaboraba.

En cualquier caso, éstos son indicadores de que el producto ya tenía una demanda considerable hace miles de años, por lo que los comerciantes utilizaban información para destacar de algún modo sobre sus competidores y estimular las ventas. Sin duda, unos visionarios.

Las primeras etiquetas

Debido a su papel protagonista en la religión cristiana, el desarrollo del vino está muy ligado a los monasterios. Precisamente, la etiqueta más antigua que se conserva es obra de un monje francés y es un claro ejemplo de las costumbres de la época: escritura a mano de información básica en un pergamino, atado al cuello de una botella con un trozo de cuerda.

La necesidad de etiquetar los vinos se consolidó en el siglo XVIII debido al auge del comercio: los productores de Burdeos (Francia) comenzaron a elaborar distintos vinos regionales lo que hizo necesario defender la calidad de sus caldos y sus características diferenciales a través de información como el tipo de uva seleccionada o la dirección de la bodega.

¿Te suena de algo? Prácticamente, una Proto Denominación de Origen.

No obstante, el uso de las etiquetas no se estandarizó hasta la invención de la litografía, ya que hasta ese momento se desarrollaban de una forma muy rudimentaria y costosa. Primero se grababan las imágenes en piedra y luego se aplicaba tinta con un rodillo, para imprimirlas posteriormente en papel.

Modernización del diseño de etiquetas de vino

El desarrollo de la litografía a finales del siglo XVIII supuso una auténtica revolución para el diseño vinícola. Empezaron a imprimirse etiquetas de forma masiva y, aunque al principio las etiquetas de vino eran todas rectangulares, bastante sobrias y con pocos elementos decorativos en el diseño, ya en el siglo XIX comenzaron los cambios: nuevas formas, inclusión del nombre del vino o del año de cosecha, etc.

Con el paso de los años, los productores comenzaron a especializarse y a obtener más prestigio, por lo que se hizo necesario añadir algunos elementos distintivos a las etiquetas, como galardones y menciones de honor.

Además, a finales del siglo XIX e inicios del XX se introdujeron nuevas botellas y el uso de pegamentos modernos, lo que permitió mejorar las presentaciones de los vinos. Es en estos años donde los elementos decorativos comenzaron a abrirse hueco.

El boom del marketing vinícola

La pasión por el vino aumentó de forma exponencial a mediados del siglo XX, y junto a ella también se produjo una explosión del diseño de etiquetas de vino.

Las primeras reglamentaciones sobre el vino se abordaron durante la segunda mitad del siglo XX, coincidiendo con la introducción legal de las denominaciones de origen de países como España, Francia o Italia, lo que también supuso cambios interesantes en las etiquetas de los caldos.

Los bodegueros italianos fueron los primeros en incorporar componentes decorativos sin funcionalidad aparente. Así, demostraron que su fama de “maestros de la estética” es totalmente merecida y la aplican a muchos ámbitos, representando en el etiquetado de sus vinos escenas de la vida cotidiana, escudos de armas, retratos o paisajes.

Quizá los italianos no puedan presumir de tener los mejores caldos, pero sin duda pueden sentirse orgullosos de las innovaciones que han llevado a cabo en cuanto al diseño de las etiquetas de vinos en el siglo XX. Por ejemplo, la familia piamontesa Vietti comenzó en 1974 con su colección de etiquetas originales (litografías, aguafuertes, linóleo,…), que incluso llegaron a ser expuestas en el MoMA de Nueva York.

Así comenzó una alianza entre vinos y arte que se mantiene hasta nuestros días, y que encuentra su máximo exponente en las colaboraciones de maestros de la talla de Picasso, Warhol, Dalí o Kandinsky con la marca Mouton Rothschild.

Tendencias actuales

Hoy en día el diseño de las etiquetas de vino no conoce límites, y en gran parte se debe a las nuevas tecnologías. Botellas con formas absolutamente asombrosas, diferentes tipos de estampado, materiales anti-humedad, impresiones en Braille,… Prácticamente cualquier idea del diseñador o de la marca puede hacerse realidad.

En cuanto a la evolución de las últimas tendencias, hace unos años se destacaba mucho la región de procedencia (Rioja, Burdeos,…), con etiquetas recargadas de diseño clásico.

Sin embargo, recientemente se está potenciando un tipo de etiqueta más moderna y desenfadada, siguiendo una línea parecida a la que están viviendo las cervezas artesanales. Se trabaja con formatos más finos y elegantes, que buscan llamar la atención sobre el producto o la bodega y no tanto sobre el territorio.

Pero, ¿quién sabe cómo nos sorprenderá el vino del mañana? Puede que sea un producto con miles de años, pero exteriormente se ve más joven que nunca.

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