El reto de crear un diseño internacional en las etiquetas de vino

Las mejores cosas de esta vida son universales. Por eso, el vino no entiende de idiomas ni fronteras.

Sin embargo, hay regiones que lo elaboran desde hace miles de años y otras que lo han descubierto hace relativamente poco. Por eso, la manera de aproximarnos a él o valorarlo difiere entre unos países y otros.

Estas diferencias suponen todo un reto a la hora de plantear la elaboración de un vino para el mercado internacional, ya que repercuten en numerosos aspectos. Desde sus características propiamente dichas hasta el diseño internacional de las etiquetas de vino. Por eso, tener entre las manos un vino en Francia o en China, más allá de su apariencia o diseño, nos enseña mucho sobre la forma en que integran esta bebida en su cultura y su estilo de vida. E, incluso, sobre sus gustos en general.

¿Te gustaría acompañarnos en este viaje a través de los diseños internacionales de etiquetas de vino para algunas de las regiones que más lo consumen? No es necesario que hagas la maleta, ¡pero sería un puntazo que te sirvieras una copita de tu caldo favorito!

¡Comenzamos!

Liderazgo francés

Nuestros vecinos son maestros del marketing, y en cuestión de vinos no son la excepción. Para muestra, un botón: aunque no tengas mucha idea de vinos, seguro que podrías nombrar al menos una denominación de origen francesa.

Francia es, probablemente, el país con más fama mundial como elaborador de buenos caldos. Y si buscamos inspiración para un diseño internacional de etiquetas de vino para el mercado francés, debemos saber que sus etiquetas siempre reflejan esta posición de liderazgo.

Por eso, el aspecto en el que más inciden es en las designaciones de calidad: la Appellation d’Origine Contrôlée (AOC), que suele ser la más tradicional y, a la par, la asociada a una mayor calidad; la Indication Géographique Protégée (IGP), un poco más moderna y creativa; y la denominación más básica, Vin de France.

Debido a esta campaña de marketing que tan buenos frutos les ha dado, los galos también destacan por crear el diseño internacional de etiquetas de vino donde más patente queda el origen de su elaboración, así como de la propia uva.

No vaya a ser que alguien no tuviese meridianamente claro con solo vislumbrar la botella que se trata de un producto más francés que la Torre Eiffel.

Clasicismo y caos made in Italy

Cuando uno piensa en algunas de las ciudades italianas más representativas, como Roma, Palermo o Nápoles, ¿qué imagina?

Probablemente, lugares históricos de increíble valor y belleza. Y quizá un “desorden romántico” que, seguramente, nos sacaría de nuestras casillas si tuviésemos que padecerlo en nuestras carnes.

Pues bien, no exageramos cuando decimos que los vinos italianos resumen a la perfección la esencia de su país de origen.

Por un lado, aunque los italianos llevan miles de años elaborando vino, en algunos aspectos parecen nuevos en el negocio. Es por esto que intentaron copiar el modelo francés, poniendo en valor sus denominaciones de origen y la procedencia del producto. Pero el resultado ha sido bastante desigual.

Así, en Italia han pasado por diversas clasificaciones. Desde la Indicazzione Geográfica Típica (IGT); pasando por la Denominazione di Origine Controllata, que se encargó de establecer los límites geográficos; y terminando con la “hermana mayor” de la anterior, la Denominazione di Origine Controllata e Garantita, que se considera la de mayor calidad.

Sin embargo, por mucho que los italianos hayan intentado ponerle barreras al campo (o a los viñedos), lo cierto es que aún necesitan disponer de un sistema de etiquetado más riguroso. Este sistema debería establecer de forma clara quién y cómo elabora cada caldo. Y es por ello que las denominaciones de origen no destacan tanto en su diseño internacional de etiquetas de vino como en el caso francés e, incluso, en el español.

Por otro lado, podríamos decir que muchos productores italianos se caracterizan por desarrollar los diseños internacionales de etiquetas de vinos más clásicos. Así, por ejemplo, muchos de ellos integran escudos o emblemas familiares. Y, por norma general, tienen un estilo bastante sobrio, que deja poco espacio a la innovación. Algo lógico teniendo en cuenta su legado cultural, ¿no?

El mercado asiático, nuevo punto de referencia

Desde hace años el mercado asiático es un destino fundamental para los productores europeos. La globalización, el acceso a nuevas tecnologías y el enriquecimiento de parte de la población asiática han hecho que nuestra cultura y nuestros productos gastronómicos, antaño radicalmente opuestos a los suyos, cada vez despierten mayor interés.

Uno de los productos europeos que mejor acogida está recibiendo en estos países es el vino, siendo China el país asiático líder en cuanto a su compra. De hecho, su consumo está ganando adeptos de tal forma que ya son el quinto país que más bebe vino a nivel mundial. Y su potencial de crecimiento aún es enorme.

Ésta es la principal razón por la que, cuando se trata de crear nuevos diseños internacionales de etiquetas de vino, muchos productores tengan muy presentes los gustos de los compradores orientales.

Para los chinos hay dos aspectos clave de cara a realizar una compra: por una parte, destacan los datos técnicos como el origen geográfico, la añada, el tipo de uva e incluso el maridaje; y por otra, se fijan mucho en las etiquetas en sí mismas, prefiriendo las tradicionales, de líneas elegantes y sencillas.

Además, un aspecto fundamental a tener en cuenta es el color. Para los asiáticos, dos de las tonalidades mejor valoradas son las amarillas y rojas, ya que representan, respectivamente, la riqueza y la buena suerte. Sin embargo, emplear blancos, morados, marrones y negros no es tan buena idea: el blanco se asocia con la muerte y la mala suerte; mientras que el negro, el marrón y el morado reflejan seriedad y, en el peor de los casos, tristeza.

Como ves, crear diseños de etiquetas adecuados para diversos mercados internacionales no es nada sencillo. ¡Hay múltiples variables a tener en cuenta para que nuestro producto entre por los ojos allá donde vaya!

Por lo tanto, una buena opción sería crear una “etiqueta base” sobre la que trabajar en posibles adaptaciones, en función de los mercados a los que se vaya a exportar.

Y si eso supone mucho jaleo, otra posibilidad es decantarse por un diseño sencillo (con todo el peligro que eso conlleva a la hora de hacerlo). En él debería incluirse la información fundamental (origen, uva, añada, reconocimientos…) y evitar estridencias o elementos demasiado “modernos”, que puedan ser chocantes fuera de nuestras fronteras.

Ya lo decía Darwin: saber adaptarse es símbolo de inteligencia 😉

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