De paquetes, oficinas y vínculos

Hace ya algún tiempo queríamos escribir este post.

Nada trascendental, nada importante, solo para echarnos unas risas y dejar constancia en este rincón de cómo nuestra oficina, de unos años a esta parte, se ha convertido, en una central de recogida de paquetes en toda regla.

Es probable que todas las empresas de reparto de Valladolid nos conozcan: que si el que abre la puerta cansado, que si el de la barba, que si el perro que intenta escaparse… Somos, a la bobada, coleguitas de rellano.

Todo empieza con el timbre.

Cada mañana, antes o después y para alegría de los microbios que trabajan en la sala junto a la puerta, comienza el lento peregrinar de paquetes y mensajeros. Quizá sea ese el precio a pagar por tener la habitación más soleada y con mejores vistas de la oficina.

Sorry, not sorry.

Y, en ese no parar, aparecen cosas raras y no tan raras, paquetes y paquetones. Nada del otro mundo, ojo, nada envuelto en papel marrón en una de esas bolsitas sin marca, de esas que dicen que son de alguna Fundación, no. Pero sí, a la bobada, han llegado cosas que, aún a día de hoy, siembran el desconcierto.

Hubo (y hay) quien pidió que le trajeran a la ofi su su buen surtido de electrodomésticos (o sillas) para la nueva chocita que se estaba construyendo. ¿Por qué mandarlo a casa pudiendo dejarlo en la oficina que, al fin y al cabo, es donde realmente vives?

Así, de vez en cuando amanece en Microbio uno de esos días en los que llegas y aparece en el estudio de fotografía todo un set de cocina con campana extractora último modelo. O cuando, por ejemplo, nos dejaron una caja con un juego de unos bolsos muy divinos –nótese la ironía– traídos de la mismísima China, dignos del estilismo más arriesgado de ‘Paquita Salas’. No eran de nadie ni nadie los reclamó y, durante meses, muy al estilo de la ofi, se pasearon de sala en sala hasta que alguien, quien fuera sigue siendo un misterio, los hizo desaparecer.

Oficina de Microbio

Mención aparte, por ejemplo, tiene la cohorte de mensajeros que sirve al señor del blog I love Sneakers que, casualmente, trabaja aquí. Si no llegan dos o tres pares de zapatillas al mes, no llega ninguno. De todas las marcas, formas, colores y tejidos, el zapatero de su casa probablemente necesite una visita urgente de la Señora Kondo, aunque eso sea otra historia, y otro post.

Y, por supuesto, que no falte la ropa. Entre los millenial salvajes y los maduritos a la moda, se nos llena la oficina de outfits increíbles y muchos, cómo no, devueltos. De las sudaderas a las zapatillas pasando por los gayumbos o todo eso que, directamente, nadie enseña porque… para qué 😂

Y así, hasta bien entrado el medio día. Es entonces cuando empieza el turno de tarde, más de recogida, más de mensajeros cansados que vienen a llevarse lo que trajeron o lo que, directamente, envíamos nosotros. Como aquella mañana en que enviamos cientos de botellas de vino que crearon un poema en la cara de un repartidor que, sinceramente, esperaba un paquete y no cientos.

Pero… es lo que hay. Es lo que, probablemente, también pase en vuestras oficinas. De hecho, es más que probable que os preguntéis qué es lo que nos hace tan especiales como para dedicar una entrada de blog a hablar sobre el hecho de recibir cosas en la ofi.

En realidad, nada. En realidad, todo.

Porque aunque a lo largo del artículo hayamos hablado de zapatillas y de ropa moderna que, en realidad, no es tan moderna, este artículo va de algo mucho más profundo que paquetes y oficinas.

Este texto va de hablar sobre vínculos entre personas.

De compartir espacio y experiencias entre un grupo de gente que ha coincidido en un momento determinado.

De pequeñas fotografías que cada uno guardará para sí con más o menos aprecio. Anécdotas insignificantes que no interesan a nadie más allá de nosotros mismos, pero que son el nexo que hace que todo fluya, aquí, en una oficina de Valladolid a la que casi cada día un repartidor llama a la puerta para entregar un paquete.

¿Qué será?

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